Capítulo V
La
agente especial, Misora Naomi, jamás se había desesperado tanto hablando con
miembros de su propio equipo. Era cierto que todos estaban sometidos a una
presión que había aumentado considerablemente con la huida de B.B., pero no
entendía por qué todos escuchaban sus teorías como si fueran locuras de todo un
día sin descanso.
El
departamento de conducta estaba consternado y absorbido por el tiempo; hacía
pocos días se habían encontrado otro cadáver de una mujer joven; mismos rasgos,
misma fisionomía que las otras víctimas de Sin
rostro. El único factor que no cuadraba con el resto de los homicidios era
que a la última mujer no se le había arrancado la piel de su rostro; el FBI lo
había atribuido a un descenso en la ira del asesino o a un suceso externo que
había influido en el comportamiento de éste; Naomi estaba de acuerdo con esto
último, sólo que ella pensaba (y lo había expresado ante todos sus compañeros)
era que el asesino desechó a la última víctima debido a que ya había encontrado
un mejor blanco para sus propósitos: Amane Misa.
Así
que, en aquellos momentos, mientras sus compañeros observaban archivos e
información del forense, que les pudiera decir algo más sobre el asesino, ella
trataba de convencerlos que, de momento, el siguiente paso que debían de seguir
era el de proteger a la periodista.
—Con
todo respeto, agente Misora —comenzó Carl, lo cual, sonaba a un claro sarcasmo,
ya que se había burlado de su idea anteriormente—, no creo que conozca
suficiente el perfil del asesino como para asegurar cuál será su siguiente
víctima.
—Hablé
con B, él opina lo mismo.
—¡Fantástico!
—exclamó Carl, con un marcado sarcasmo— ¡Ahora debemos pedir consejo a un
asesino para capturar a otro!
—¡La
vida de una civil está en riesgo! —gritó Naomi, golpeando con fuerza el
escritorio del hombre.
—Carl
tiene razón, Naomi —intervino Ophelia, acomodándose los lentes—. No puedes
creerle a todo lo que te haya dicho B; puede estarse reflejando, ya que, por todo
lo que me has dicho hasta ahora sobre él, parece seriamente obsesionado con la
periodista. Si es que ella corre peligro, es más probable que sea debido a B
que a Sin rostro.
Naomi
hizo una mueca; en lo que se refería a Ophelia, ella era una psiquiatra muy
destacable en su ramo y había ayudado bastante en cada caso que había
participado pero, en lo que se refería a Carl, tenía cierta tendencia a
favorecerlo en todo lo que dijera. Por supuesto, se debía a lo atraída que la
joven psiquiatra estaba por el agente, lo cual, en opinión de Naomi, entorpecía
mucho su juicio.
Lo
que era verdaderamente triste, era que Carl todavía no se percatara de ello.
—B
te dijo eso para que, cuando encontremos el cuerpo de la periodista, tus
sospechas no recaigan sobre él. Todo lo que quiere ese maldito es cubrir sus
huellas, que enfoquemos nuestra atención en otro lado mientras él la asesina
—dijo él, bastante satisfecho con su deducción.
—No
creo que B pretenda hacerle daño a Misa —soltó Naomi, repentinamente. Y se
arrepintió de haberlo hecho.
—¿Ahora
crees que conoces a B? ¿Acaso sabes cómo trabaja la mente de todos los
asesinos? —escupió Carl.
Sólo
en un sentido, su compañero tenía razón: Naomi nunca debió soltar un juicio tan
subjetivo, aquellas palabras no habían nacido de pruebas o datos, sino de una
simple corazonada, algo que muchas veces no era bien visto en el FBI.
Por
supuesto, su compañero comenzaba a exasperarla tanto, que ya había pensado en
un réplica, cuando otro agente entró en la oficina y anunció la llegada de
Watari.
Ya
que el departamento había recibido varias “visitas” recientes del famoso
detective, no les extraño que Watari entrara y lo primero que hiciera fuera
abrir su computadora portátil y mostrar, en la pantalla, la reconocida imagen
de la “L”.
—Saludos,
agentes del FBI —dijo la voz sintética, emergiendo de las bocinas.
Era
casi una reacción automática la que provocaba la presencia de L; cada agente de
los presentes en la oficina dejó lo que estaba haciendo, para prestar una
completa atención a todo lo que dijera la voz de la computadora. Debido a esto,
a Naomi se le ocurrió que podría ser su oportunidad para que tomaran un poco
más en serio sus palabras; tal vez si le decía primero su teoría a L él si
podría creerle.
Sin
embargo, cuando abrió los labios para dirigirse a él, Carl la cortó
bruscamente, argumentando que debían permitir hablar al detective primero.
—Necesito
darles un aviso importante sobre el caso de Sin
rostro —comenzó la voz sintética, transmitiendo, como siempre, ninguna
emoción aparente—; existe una alta probabilidad de que el asesino ya haya
seleccionado a su víctima definitiva.
—¿Cómo
puede saber eso? —cuestionó Carl, un tanto incrédulo.
—Basándonos
en el trato que le ha dado a las otras mujeres y en su meticulosa selección en
lo que se refiere a rasgos físicos, podemos decir que su perfil se asemeja más
al de coleccionista. Y, como deben saber, la característica de un coleccionista
es que espera reunir una cierta cantidad de “piezas” o, como es el caso de Sin rostro, hasta que consiga a la
clave. Él ve sus acciones como pasos para realizar una obra de arte; considero
que su trastorno se desató hace poco tiempo y, por lo que nos indican sus
acciones, debió ser ocasionado por la ausencia de una mujer importante en su
vida. Me temo que ha encontrado a la mujer que encaja perfectamente con sus
estándares.
—Misa
Amane —asintió Naomi, lanzándole una mirada satisfecha a Carl.
—Exacto,
agente Misora —corroboró la voz—. Misa se encuentra en un grave peligro,
considero adecuado brindarle protección.
—Pero,
ya que estamos completamente seguros que el asesino irá tras ella, ¿no sería
mejor vigilarla hasta que Sin rostro decida
ir por ella? —opinó Carl, a lo que Ophelia, como autómata, aprobó. Naomi tenía
el presentimiento que la psiquiatra apenas escuchaba la mitad de lo que decía
él de tan concentrada que estaba por comérselo con los ojos.
—Creí
que su primer deber era proteger a las personas; si se procede como usted dice,
pondrían en un grave riesgo a Misa.
Naomi
tuvo que observar la computadora fijamente para recordarse que estaban hablando
con el detective a través de un dispositivo de transmisión y no personalmente,
porque, si se atreviera a decir que mediante la voz sintética se alcanzaban a
denotar las emociones, podría asegurar en ese momento que la voz de L había
sonado un tanto molesta. Pero, como últimamente le pasaba a la agente Naomi,
debía tratarse sólo de su imaginación.
—Esa
podría ser nuestra mejor oportunidad de atrapar a Sin rostro —protestó Carl—. Además, ella tal vez tenga ya su propia
protección: el asesino de los cuartos cerrados, B.B. En el periódico parece
insinuar que están relacionados, lo que no me sorprende ya que…
—No
están relacionados.
La
interrupción por parte de L, sorprendió un poco a todos, hasta Naomi creyó
notar un ligero movimiento en los hombros de Watari.
—Tal
vez él tenga una fijación por Misa, pero no creo que el nexo sea mutuo, en dado
caso, será una obsesión que no se desarrollará mucho, incluso puede que con el
tiempo desaparezca.
Era
deliciosamente curioso cómo, en un panorama que sólo podía verse la oscuridad,
algo tan delicado destacara tan furiosamente: los cabellos de una mujer. Y así,
unos ojos tan acostumbrados a las sombras, tan adaptados a la noche que la
reflejaban en su color, pudieran seguir el rastro rubio que dejaban a su paso,
los mechones de la joven que acababa de salir del edificio donde se editaba un
periódico. Iba con otra joven, pero la otra no interesaba al vigilante, sólo
Misa. Su compañera debió decir algo gracioso, porque logró arrancarle una
sonrisa a la rubia periodista, a pesar de todos los problemas que
congestionaban su mente.
Desde
su planeada salida de prisión, había adoptado la fascinante costumbre de
rastrear sus pasos; consiguió encontrar su casa, así como atraparla en las
rutinas matutinas: los miércoles desayunar un café con un trozo de pastel en Nantelle, así como, últimamente, cuando
salía sola por las noches, dar dos vistazos sobre su hombro, con cierto
nerviosismo, como si esperaba encontrar a alguien acechándola.
Por
supuesto, tenía bastantes motivos para hacerlo, pero esa precaución no era
suficiente para protegerse de una verdadera amenaza.
—No
te preocupes, Misa, no te haré daño —soltó Beyond, sonriendo. Era una fortuna
que, de momento, sólo él se encontrara vigilándola.
La
observó caminar calle abajo, vio como sus pálidos dedos acomodaban su cabello
detrás de su oreja y tuvo la irresistible tentación de seguirla. Pero aquel día
no estaba en ese lugar para verla, sino para visitar a otra persona que,
seguramente, era el último en el edificio, tratando de escoger una de las
tantas fotografías que había tomado en el día.
Beyond
se distrajo nuevamente; su mirada regresó al punto donde cada vez se desvanecía
más la figura de Misa; extrañaba escuchar su voz y ver sus ojos cerca de él…
Sacudió
la cabeza y sacó un afilado cuchillo de sus pantalones; primero tenía que
encargarse de algo importante, ya después podría hacerle una visita a Misa.
—Necesito
que me hagas otro favor, Misora Naomi.
—Por
supuesto —dijo ella, con los ojos fijos en el monitor.
—Debes
hablar con Misa y pedirle que, por lo menos mientras encontramos a Sin rostro, se hospede en un hotel, en
el que sea, y que ya no salga de ahí, mucho menos que vaya a trabajar a su
periódico; será una presa demasiado fácil si sigue así.
Naomi
asintió; de cualquier manera ella pensaba hacerlo por su cuenta. De pronto, en
el monitor apareció una dirección.
—Dile
que se hospede en este hotel. Ahí estará segura.
Apenas
había terminado de anotarla, cuando desapareció; Naomi se preguntó por qué
tanto secretismo con aquel lugar. Por supuesto, sus compañeros estaban cerca,
pero no lo suficiente como para poder escucharlos, además, había una puerta de
por medio, ya que el detective había pedido hablar a solas con ella.
—Sólo
Misa puede ver la dirección, ¿de acuerdo?
—Sí,
pero… ¿por qué?
—Porque
ahí es donde me encuentro yo.
Naomi
casi se ahoga, pero logró controlarse.
—¿Estás
en California? —cuestionó, tratando de mantener la voz en el mínimo volumen
posible.
—Sí;
el caso lo requiere. Además, necesito encontrar a B.
Sam
Jerryck salió de su oficina con una sonrisa en el rostro que muy pronto se
evaporaría; estaba complacido por haber tomado fotos tan cercanas del choque
del auto y el tráiler; su jefe había aprobado tres y le había encomendado
escoger la mejor para que se publicara la noticia con palabras de Misa. Esa
joven todavía no lo perdonaba por haber publicado aquella fotografía, pero poco
le importaba, ella tenía que tragarse con su coraje y seguir trabajando con él.
Estaba
tan nublado por su creciente mejora como fotógrafo que no pudo reconocer a
tiempo la figura de cabello oscuro y ojos negros que se le acercó a esa hora.
Ni siquiera lo consideró como una amenaza hasta que su mirada estuvo tan cerca
de él como para detectar aquel brillo rojo y demente que caracteriza a un
psicópata.
—Disculpa,
¿podrías quitarte de mi camino? Tengo que pasar.
El
joven levantó la vista y sonrió, sólo en aquel instante, ante ese gesto tan
visto en fotografías y archivos policiacos, Sam pudo reconocerlo y, lo primero
que hizo para hacerlo notar fue gritar.
—¿Qué
haces aquí? ¿Qué quieres de mí?
—Creí
haber mencionado que no quería fotografías durante de mi ejecución…
Un
ruido fuerte y pesado, como cuando golpeas algo con toda tu energía o cuando estás
furioso y descargas toda tu ira en lo primero que encuentras, se escuchó por
las bocinas de la computadora. Naomi se sobresaltó, sin saber que era
exactamente lo que había ocurrido del lado donde se encontraba L.
—Misora
Naomi —parecía desesperado, aún con la voz sintética, como si hubiera omitido
algo importante y ahora lo lamentara terriblemente—, ¿en el periódico que sale
la fotografía de Misa, está anotado el nombre del fotógrafo?
—Sí…
eso creo…
—¡Tienes
que encontrarlo! ¡Vete, búscalo en el edificio de edición!
—¿Por
qué?
—B
planea matarlo.
—Pero,
lo importante es que tú la hiciste vulnerable…
—¿Qué?
¿De qué hablas? —balbució Sam, retrocediendo, intentando pensar en una forma de
huir.
—Tú
pusiste a Misa en la mira del asesino.
Pero
Sam no pudo defenderse; el cuchillo enterrado en su cabeza acabó con toda
réplica que él pudiera intentar decir.
Misa
no había podido dormir bien en toda la noche y, ciertamente, no ayudó mucho los
golpes que comenzaron en la puerta a las cinco de la mañana. Al principio pensó
que era bastante molesto que alguien decidiera tocar a esas horas, después,
recordó todo lo que estaba pasando, sobre todo la huida de B, y empezó a
ponerse nerviosa. Tomó una figura de vidrio que tenía en su repisa, una que
tenía una forma de murciélago, y la mantuvo en su mano, dispuesta a arrojarla
si se sentía en peligro.
Sin
embargo, cuando abrió la puerta, descubrió que sólo se trataba de Naomi Misora,
la agente del FBI.
—¿Qué
ocurre? —cuestionó Misa, al verla en el umbral; aunque se había relajado
bastante, su visita a aquellas horas no auguraba nada bueno.
—Haz
tus maletas, nos vamos de aquí —ordenó la mujer, con brusquedad, parecía
sumamente tensa por algún.
—Un
momento, esta es mi casa, tienes que explicarme por qué quieres que haga eso,
en primer lugar —exigió Misa, a quien todo le volvía a parecer bastante
extraño.
—Estás
en peligro —anunció Naomi, observando sobre su hombro y posando su mano en la
parte de su cinturón donde guardaba el arma—. Al parecer, Sin rostro te considera una valiosa pieza para su colección. Eres
la siguiente en su lista.
Misa,
con el corazón desbocándose en su pecho, regresó a su habitación y comenzó a
guardar todo con bastante prisa. Notó que Naomi entraba detrás de ella.
—Pero…
¿Qué pasará mañana? Tengo que ir al periódico para avisar…
—Ya
no puedes ir, sería peligro que salieras. Además, no creo que el periódico
funcione por algunos días, el edificio está rodeado de policías y el forense.
—¿Forense?
—Misa se giró bruscamente, sus ojos verdes brillaron con pánico— ¿Qué pasó?
—Asesinaron
a uno de tus compañeros: Sam Jerryck.
Parecía
que el destino de la figura de vidrio sería el de terminar destrozada, porque,
Misa, orillada por los nervios, se había negado a soltar al murciélago durante
todo el rato, pero, cuando escuchó lo del fotógrafo, sus dedos se aflojaron y
dejaron a la figura resbalarse entre ellos. Todo lo que resonó, como eco, fue
la destrucción del vidrio y la deformación de la figura; mientras Misa se
inquietaba pensando si su vida volvería a ser la misma de antes.