Cita de la semana:

"Mirror, mirror on the wall... Who is the fairest of them all?"

viernes, 25 de mayo de 2012

Capítulo 5 - Grietas en la oscuridad


Capítulo V

La agente especial, Misora Naomi, jamás se había desesperado tanto hablando con miembros de su propio equipo. Era cierto que todos estaban sometidos a una presión que había aumentado considerablemente con la huida de B.B., pero no entendía por qué todos escuchaban sus teorías como si fueran locuras de todo un día sin descanso.
El departamento de conducta estaba consternado y absorbido por el tiempo; hacía pocos días se habían encontrado otro cadáver de una mujer joven; mismos rasgos, misma fisionomía que las otras víctimas de Sin rostro. El único factor que no cuadraba con el resto de los homicidios era que a la última mujer no se le había arrancado la piel de su rostro; el FBI lo había atribuido a un descenso en la ira del asesino o a un suceso externo que había influido en el comportamiento de éste; Naomi estaba de acuerdo con esto último, sólo que ella pensaba (y lo había expresado ante todos sus compañeros) era que el asesino desechó a la última víctima debido a que ya había encontrado un mejor blanco para sus propósitos: Amane Misa.
Así que, en aquellos momentos, mientras sus compañeros observaban archivos e información del forense, que les pudiera decir algo más sobre el asesino, ella trataba de convencerlos que, de momento, el siguiente paso que debían de seguir era el de proteger a la periodista.
—Con todo respeto, agente Misora —comenzó Carl, lo cual, sonaba a un claro sarcasmo, ya que se había burlado de su idea anteriormente—, no creo que conozca suficiente el perfil del asesino como para asegurar cuál será su siguiente víctima.
—Hablé con B, él opina lo mismo.
—¡Fantástico! —exclamó Carl, con un marcado sarcasmo— ¡Ahora debemos pedir consejo a un asesino para capturar a otro!
—¡La vida de una civil está en riesgo! —gritó Naomi, golpeando con fuerza el escritorio del hombre.
—Carl tiene razón, Naomi —intervino Ophelia, acomodándose los lentes—. No puedes creerle a todo lo que te haya dicho B; puede estarse reflejando, ya que, por todo lo que me has dicho hasta ahora sobre él, parece seriamente obsesionado con la periodista. Si es que ella corre peligro, es más probable que sea debido a B que a Sin rostro.
Naomi hizo una mueca; en lo que se refería a Ophelia, ella era una psiquiatra muy destacable en su ramo y había ayudado bastante en cada caso que había participado pero, en lo que se refería a Carl, tenía cierta tendencia a favorecerlo en todo lo que dijera. Por supuesto, se debía a lo atraída que la joven psiquiatra estaba por el agente, lo cual, en opinión de Naomi, entorpecía mucho su juicio.
Lo que era verdaderamente triste, era que Carl todavía no se percatara de ello.
—B te dijo eso para que, cuando encontremos el cuerpo de la periodista, tus sospechas no recaigan sobre él. Todo lo que quiere ese maldito es cubrir sus huellas, que enfoquemos nuestra atención en otro lado mientras él la asesina —dijo él, bastante satisfecho con su deducción.
—No creo que B pretenda hacerle daño a Misa —soltó Naomi, repentinamente. Y se arrepintió de haberlo hecho.
—¿Ahora crees que conoces a B? ¿Acaso sabes cómo trabaja la mente de todos los asesinos? —escupió Carl.
Sólo en un sentido, su compañero tenía razón: Naomi nunca debió soltar un juicio tan subjetivo, aquellas palabras no habían nacido de pruebas o datos, sino de una simple corazonada, algo que muchas veces no era bien visto en el FBI.
Por supuesto, su compañero comenzaba a exasperarla tanto, que ya había pensado en un réplica, cuando otro agente entró en la oficina y anunció la llegada de Watari.
Ya que el departamento había recibido varias “visitas” recientes del famoso detective, no les extraño que Watari entrara y lo primero que hiciera fuera abrir su computadora portátil y mostrar, en la pantalla, la reconocida imagen de la “L”.
—Saludos, agentes del FBI —dijo la voz sintética, emergiendo de las bocinas.
Era casi una reacción automática la que provocaba la presencia de L; cada agente de los presentes en la oficina dejó lo que estaba haciendo, para prestar una completa atención a todo lo que dijera la voz de la computadora. Debido a esto, a Naomi se le ocurrió que podría ser su oportunidad para que tomaran un poco más en serio sus palabras; tal vez si le decía primero su teoría a L él si podría creerle.
Sin embargo, cuando abrió los labios para dirigirse a él, Carl la cortó bruscamente, argumentando que debían permitir hablar al detective primero.
—Necesito darles un aviso importante sobre el caso de Sin rostro —comenzó la voz sintética, transmitiendo, como siempre, ninguna emoción aparente—; existe una alta probabilidad de que el asesino ya haya seleccionado a su víctima definitiva.
—¿Cómo puede saber eso? —cuestionó Carl, un tanto incrédulo.
—Basándonos en el trato que le ha dado a las otras mujeres y en su meticulosa selección en lo que se refiere a rasgos físicos, podemos decir que su perfil se asemeja más al de coleccionista. Y, como deben saber, la característica de un coleccionista es que espera reunir una cierta cantidad de “piezas” o, como es el caso de Sin rostro, hasta que consiga a la clave. Él ve sus acciones como pasos para realizar una obra de arte; considero que su trastorno se desató hace poco tiempo y, por lo que nos indican sus acciones, debió ser ocasionado por la ausencia de una mujer importante en su vida. Me temo que ha encontrado a la mujer que encaja perfectamente con sus estándares.
—Misa Amane —asintió Naomi, lanzándole una mirada satisfecha a Carl.
—Exacto, agente Misora —corroboró la voz—. Misa se encuentra en un grave peligro, considero adecuado brindarle protección.
—Pero, ya que estamos completamente seguros que el asesino irá tras ella, ¿no sería mejor vigilarla hasta que Sin rostro decida ir por ella? —opinó Carl, a lo que Ophelia, como autómata, aprobó. Naomi tenía el presentimiento que la psiquiatra apenas escuchaba la mitad de lo que decía él de tan concentrada que estaba por comérselo con los ojos.
—Creí que su primer deber era proteger a las personas; si se procede como usted dice, pondrían en un grave riesgo a Misa.
Naomi tuvo que observar la computadora fijamente para recordarse que estaban hablando con el detective a través de un dispositivo de transmisión y no personalmente, porque, si se atreviera a decir que mediante la voz sintética se alcanzaban a denotar las emociones, podría asegurar en ese momento que la voz de L había sonado un tanto molesta. Pero, como últimamente le pasaba a la agente Naomi, debía tratarse sólo de su imaginación.
—Esa podría ser nuestra mejor oportunidad de atrapar a Sin rostro —protestó Carl—. Además, ella tal vez tenga ya su propia protección: el asesino de los cuartos cerrados, B.B. En el periódico parece insinuar que están relacionados, lo que no me sorprende ya que…
—No están relacionados.
La interrupción por parte de L, sorprendió un poco a todos, hasta Naomi creyó notar un ligero movimiento en los hombros de Watari.
—Tal vez él tenga una fijación por Misa, pero no creo que el nexo sea mutuo, en dado caso, será una obsesión que no se desarrollará mucho, incluso puede que con el tiempo desaparezca.

Era deliciosamente curioso cómo, en un panorama que sólo podía verse la oscuridad, algo tan delicado destacara tan furiosamente: los cabellos de una mujer. Y así, unos ojos tan acostumbrados a las sombras, tan adaptados a la noche que la reflejaban en su color, pudieran seguir el rastro rubio que dejaban a su paso, los mechones de la joven que acababa de salir del edificio donde se editaba un periódico. Iba con otra joven, pero la otra no interesaba al vigilante, sólo Misa. Su compañera debió decir algo gracioso, porque logró arrancarle una sonrisa a la rubia periodista, a pesar de todos los problemas que congestionaban su mente.
Desde su planeada salida de prisión, había adoptado la fascinante costumbre de rastrear sus pasos; consiguió encontrar su casa, así como atraparla en las rutinas matutinas: los miércoles desayunar un café con un trozo de pastel en Nantelle, así como, últimamente, cuando salía sola por las noches, dar dos vistazos sobre su hombro, con cierto nerviosismo, como si esperaba encontrar a alguien acechándola.
Por supuesto, tenía bastantes motivos para hacerlo, pero esa precaución no era suficiente para protegerse de una verdadera amenaza.
—No te preocupes, Misa, no te haré daño —soltó Beyond, sonriendo. Era una fortuna que, de momento, sólo él se encontrara vigilándola.
La observó caminar calle abajo, vio como sus pálidos dedos acomodaban su cabello detrás de su oreja y tuvo la irresistible tentación de seguirla. Pero aquel día no estaba en ese lugar para verla, sino para visitar a otra persona que, seguramente, era el último en el edificio, tratando de escoger una de las tantas fotografías que había tomado en el día.
Beyond se distrajo nuevamente; su mirada regresó al punto donde cada vez se desvanecía más la figura de Misa; extrañaba escuchar su voz y ver sus ojos cerca de él…
Sacudió la cabeza y sacó un afilado cuchillo de sus pantalones; primero tenía que encargarse de algo importante, ya después podría hacerle una visita a Misa.

—Necesito que me hagas otro favor, Misora Naomi.
—Por supuesto —dijo ella, con los ojos fijos en el monitor.
—Debes hablar con Misa y pedirle que, por lo menos mientras encontramos a Sin rostro, se hospede en un hotel, en el que sea, y que ya no salga de ahí, mucho menos que vaya a trabajar a su periódico; será una presa demasiado fácil si sigue así.
Naomi asintió; de cualquier manera ella pensaba hacerlo por su cuenta. De pronto, en el monitor apareció una dirección.
—Dile que se hospede en este hotel. Ahí estará segura.
Apenas había terminado de anotarla, cuando desapareció; Naomi se preguntó por qué tanto secretismo con aquel lugar. Por supuesto, sus compañeros estaban cerca, pero no lo suficiente como para poder escucharlos, además, había una puerta de por medio, ya que el detective había pedido hablar a solas con ella.
—Sólo Misa puede ver la dirección, ¿de acuerdo?
—Sí, pero… ¿por qué?
—Porque ahí es donde me encuentro yo.
Naomi casi se ahoga, pero logró controlarse.
—¿Estás en California? —cuestionó, tratando de mantener la voz en el mínimo volumen posible.
—Sí; el caso lo requiere. Además, necesito encontrar a B.

Sam Jerryck salió de su oficina con una sonrisa en el rostro que muy pronto se evaporaría; estaba complacido por haber tomado fotos tan cercanas del choque del auto y el tráiler; su jefe había aprobado tres y le había encomendado escoger la mejor para que se publicara la noticia con palabras de Misa. Esa joven todavía no lo perdonaba por haber publicado aquella fotografía, pero poco le importaba, ella tenía que tragarse con su coraje y seguir trabajando con él.
Estaba tan nublado por su creciente mejora como fotógrafo que no pudo reconocer a tiempo la figura de cabello oscuro y ojos negros que se le acercó a esa hora. Ni siquiera lo consideró como una amenaza hasta que su mirada estuvo tan cerca de él como para detectar aquel brillo rojo y demente que caracteriza a un psicópata.
—Disculpa, ¿podrías quitarte de mi camino? Tengo que pasar.
El joven levantó la vista y sonrió, sólo en aquel instante, ante ese gesto tan visto en fotografías y archivos policiacos, Sam pudo reconocerlo y, lo primero que hizo para hacerlo notar fue gritar.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres de mí?
—Creí haber mencionado que no quería fotografías durante de mi ejecución…

Un ruido fuerte y pesado, como cuando golpeas algo con toda tu energía o cuando estás furioso y descargas toda tu ira en lo primero que encuentras, se escuchó por las bocinas de la computadora. Naomi se sobresaltó, sin saber que era exactamente lo que había ocurrido del lado donde se encontraba L.
—Misora Naomi —parecía desesperado, aún con la voz sintética, como si hubiera omitido algo importante y ahora lo lamentara terriblemente—, ¿en el periódico que sale la fotografía de Misa, está anotado el nombre del fotógrafo?
—Sí… eso creo…
—¡Tienes que encontrarlo! ¡Vete, búscalo en el edificio de edición!
—¿Por qué?
—B planea matarlo.

—Pero, lo importante es que tú la hiciste vulnerable…
—¿Qué? ¿De qué hablas? —balbució Sam, retrocediendo, intentando pensar en una forma de huir.
—Tú pusiste a Misa en la mira del asesino.
Pero Sam no pudo defenderse; el cuchillo enterrado en su cabeza acabó con toda réplica que él pudiera intentar decir.

Misa no había podido dormir bien en toda la noche y, ciertamente, no ayudó mucho los golpes que comenzaron en la puerta a las cinco de la mañana. Al principio pensó que era bastante molesto que alguien decidiera tocar a esas horas, después, recordó todo lo que estaba pasando, sobre todo la huida de B, y empezó a ponerse nerviosa. Tomó una figura de vidrio que tenía en su repisa, una que tenía una forma de murciélago, y la mantuvo en su mano, dispuesta a arrojarla si se sentía en peligro.
Sin embargo, cuando abrió la puerta, descubrió que sólo se trataba de Naomi Misora, la agente del FBI.
—¿Qué ocurre? —cuestionó Misa, al verla en el umbral; aunque se había relajado bastante, su visita a aquellas horas no auguraba nada bueno.
—Haz tus maletas, nos vamos de aquí —ordenó la mujer, con brusquedad, parecía sumamente tensa por algún.
—Un momento, esta es mi casa, tienes que explicarme por qué quieres que haga eso, en primer lugar —exigió Misa, a quien todo le volvía a parecer bastante extraño.
—Estás en peligro —anunció Naomi, observando sobre su hombro y posando su mano en la parte de su cinturón donde guardaba el arma—. Al parecer, Sin rostro te considera una valiosa pieza para su colección. Eres la siguiente en su lista.
Misa, con el corazón desbocándose en su pecho, regresó a su habitación y comenzó a guardar todo con bastante prisa. Notó que Naomi entraba detrás de ella.
—Pero… ¿Qué pasará mañana? Tengo que ir al periódico para avisar…
—Ya no puedes ir, sería peligro que salieras. Además, no creo que el periódico funcione por algunos días, el edificio está rodeado de policías y el forense.
—¿Forense? —Misa se giró bruscamente, sus ojos verdes brillaron con pánico— ¿Qué pasó?
—Asesinaron a uno de tus compañeros: Sam Jerryck.
Parecía que el destino de la figura de vidrio sería el de terminar destrozada, porque, Misa, orillada por los nervios, se había negado a soltar al murciélago durante todo el rato, pero, cuando escuchó lo del fotógrafo, sus dedos se aflojaron y dejaron a la figura resbalarse entre ellos. Todo lo que resonó, como eco, fue la destrucción del vidrio y la deformación de la figura; mientras Misa se inquietaba pensando si su vida volvería a ser la misma de antes.

sábado, 12 de mayo de 2012

Capítulo 4 - Grietas en la oscuridad


Capítulo IV

Misa se preguntó si la prisión estaría tan fría por el acontecimiento del que próximamente sería testigo. Tal vez el espíritu de la muerte estuviera cerca, rondando y soltando su aliento por todo el lugar, sobre todo el pasillo que llevaba su nombre; por eso todos los presos estaban tan inquietos aquel día, la sentían cerca. O tal vez Misa había visto demasiadas películas de terror y su nerviosismo la hacía pensar en tonterías.
—Me alegra mucho volver a verla, señorita Amane —soltó Jim.
Misa asintió, con los labios apretados; no creía tener ánimos ni siquiera de hablar. Aún no podía creer que su jefe no hubiera tenido ni una pizca de compasión como para permitirle faltar; sabía que esa no debía ser una actitud de una periodista, pero las muertes eran demasiado para ella. ¿Por qué no había desobedecido? Sencillo, porque no quería volver a los artículos aburridos sobre vestidos de novia o fiestas sin sentido; hacía poco que había conseguido la primera plana y no tenía pensado abandonarla tan fácilmente.
—¿Me podría indicar dónde se encuentra la sala de… ejecución? —cuestionó, notando el trabajo que le costaba pronunciar la palabra.
—Por supuesto, pero primero la llevaré a su celda; quiere hablar…
Misa negó con la cabeza.
—Lo siento, no puedo, es demasiado para mí —soltó ella.
—Tiene que hacerlo, señorita Amane, es su último día, tiene que verlo antes de que lo preparen para la inyección —replicó Jim.
La joven se sintió palidecer, no le extrañara que el hombre frente a ella la observara con tanta preocupación pero, ni aún así, desistió de su idea. Así que, finalmente, terminó por acceder y recorrió el pasillo que antes había recorrido en la noche, cuando nadie podía verla, lamentablemente ahora sí y tuvo que soportar todas las insinuaciones y halagos vulgares hacia ella.
—Ven, rubia, un poco más cerca, quiero verte…
—¿Puedo tocarte? Sólo mírame, gira tu hermosa cabeza.
A pesar de que lo menos que quería hacer en ese momento era ver a B, agradeció al cielo cuando llegó hasta su celda. No quería seguir escuchándolos.
Nuevamente, aparecieron entre las sombras esos ojos negros tan profundos que Misa se preguntó si, alguna vez, podría haber luz en ellos. La figura de B avanzó por la celda, hasta que llegó a los barrotes, se pegó a ellos todo lo que pudo.
—Lamento que hayas tenido que oír todo eso.
Misa estaba tan distraída con lo que iba a pasar dentro de pocas horas, que no se dio cuenta inmediatamente de que B se refería a los insultos que habían gritado sus compañeros del pasillo de la muerte.
—No… no importa —se escuchó decir.
B sonrió; la joven no podía creer que alguien a quien le quedaba tan poco tiempo de vida pudiera dibujar ese gesto en su rostro.
—Me alegra verte, Misa. Te extrañé, ¿tú me extrañaste?
Por supuesto, ella no respondió a eso. Ni siquiera estaba segura que pudiera decir algo, pero, aún así, lo dijo: —¿Por qué me invitaste?
B ladeó la cabeza, su sonrisa se había ido, pero Misa todavía detectaba aquel brillo de diversión en su mirada.
—Eso no es importante, lo que a mí me interesa saber es ¿por qué tú no quieres estar aquí?
—No quiero estar durante la ejecución —soltó ella—, no quiero verla.
—¿No quieres verme morir? —cuestionó B, arqueando sus oscuras cejas; parecía fascinado con la conversación.
—Por supuesto que no.
—Debes cuidar tus labios, alguien podría pensar que tu angustia se debe a que sientes algo por mí —dijo B, sonriendo.
Misa decidió que ese comentario era otra forma de divertirse con ella, así se abstuvo de decir algo, además, lo que ella verdaderamente quería era salir de ahí cuanto antes.
—Me alegraría pensar que eso es cierto, pero me temo que tu repulsión hacia las ejecuciones se debe a tu excesiva compasión que tienes por todo el género humano, no sólo por mí.
—¿Qué quieres de mí? —se escuchó decir, como si sus labios se movieran solos.
Beyond parecía bastante complacido por la situación, como si, en lugar de que en unas horas le esperara la muerte estuviera por salir en libertad.
—Excelente pregunta, Misa, excelente. Lástima que no puedo responderla.
Misa se recordó que el sólo estaba jugando con ella para hacerla desquiciarse, después de todo, como había dicho Jim, él era más que un psicópata.
—Me di cuenta que lograrse tu primera plana —comentó, un rato después—. ¿Tu jefe accedió a ascenderte de puesto?
—Sí.
—Sé, también, que hablaste con L.
Por fin, Misa pudo averiguar lo mucho que B detestaba al detective, puesto que sus ojos se oscurecieron aun más cuando lo mencionó. Se preguntó si aquello lo tomaría como una traición.
—¿Dónde hablaste con él? ¿Te lo pidió? ¿Por qué acudiste a su llamado?
La joven tuvo que parpadear varias veces para comprobar que lo que estaba viendo era cierto; nunca había visto a B tan intranquilo. Por un momento, pensó que eso sería información confidencial (puesto que se trataba del detective más famoso del mundo) y consideró negarse a responder pero, finalmente, él jamás podría decírselo a nadie. Misa cerró los ojos y se estremeció al recordar que aquel sería el último día de B.B.
Odiaba pensar en la muerte.
—Fue en casa de Naomi Misora —dijo—, yo, en realidad, quería hablar con ella sobre tu caso, pero, mientras le hacía preguntas, su computadora se encendió y de ella brotó la voz sintética de L.
Aunque B había cerrado los ojos, Misa estaba consciente de que él le prestaba toda su atención.
—Coincidencias —canturreó B, abriendo los párpados—, parece que él y yo estamos destinados a coincidir en muchas cosas…
Misa tuvo la sensación de que aquello no estaba dirigido a ella, por lo que continuó en silencio.
La oscuridad en los ojos de B se posó sobre ella.
—No salgas de noche, no permitas que nadie te siga hasta tu casa. Durante un tiempo, no vayas a centros comerciales o lugares a los que asistan muchas jóvenes como tú...
—¿Qué?
Beyond acercó su rostro a los barrotes, sus manos estaban tan aferradas a ellos que sus nudillos comenzaban a ponerse blancos.
Sin rostro es un coleccionista, Misa. Si te ve, va a seguirte hasta que consiga tenerte —dijo, con seriedad.
Debía estar pasando algo con él, porque aquel día se estaba comportando de forma muy extraña.
—No te expongas hasta que el FBI lo capture.
Misa quiso decir algo, tanta advertencia la estaba haciendo pensar que se encontraba en un problema mucho más grande del que ella creía. Primero había sido L y ahora B… ¿Qué estaba pasando?
B.B. se alejó de los barrotes y comenzó a pasear en su celda, como si estuviera reconsiderando todo lo que dijo.
—Lo mejor será que te compres una peluca y unos lentes de contacto —dijo él—. Creo que será la única manera de mantenerte lejos de su radar.
Tal vez esa era la forma en que B reaccionaba a su próxima ejecución, porque, siendo sincera, todo aquello le parecía muy exagerado.
—Esos ojos serán tu perdición.

Cuando Misa llegó a la sala de ejecución, la sensación de malestar regresó. El sólo hecho de ver la especie de camilla, al médico de pie junto a ella y a la familia de una de las víctimas la hacían querer correr de ahí. Se giró para verlos, eran un hombre y una mujer, tomados de las manos, con las cabezas juntas; Misa no supo si estaban rezando o no, pero lucían verdaderamente devastados. Según le había informado Jim, ellos eran los padres de la niña que B había matado; las otras dos víctimas eran personas solas, por lo que no había familiares que clamaran justicia por ellos.
Y, a pesar de todo, Misa se sentía mal por aquella ejecución; no disculpaba los actos de B.B., pero consideraba la pena de muerte como otro acto reprobable.
Levantó su libreta y trató de escribir algo en ella, pero notó que la mano le temblaba, por lo que desistió de seguir con el intento. Todos estaban esperando. Prefirió dejarse caer en una de las sillas. Por un instante se sintió atraída por el espejo que estaba frente a ellos, donde se podía ver el rostro de la madre de la niña, enrojecido por las lágrimas de los trágicos recuerdos. Desvió la mirada pero, después, no pudo evitar volverse hacia el espejo, había algo extraño en él y se pregunto si esa sala no sería también una de las denominadas cámaras de Gesell…
Por fin, llegó el alcalde seguido de un guardia de seguridad y, después de ellos entró Jim, trayendo a B.B. consigo. Misa quiso ignorarlo pero no pudo evitar darse cuenta que B, al pasar junto a ella le sonrió y le guiñó un ojo.
Se hicieron todas las formalidades de rutina a las que Misa casi no prestó atención. Sólo supo, como si estuviera muy lejos, que el alcalde estaba leyendo algo como: “El estado de California lo condena a…”, así como el momento en que el doctor lo declaró completamente sano y se procedió a recostarlo en la camilla para después esposarlo a ella.
—¿Desea decir algo antes de proceder? —cuestionó el médico a B, ante la mirada aprobatoria del alcalde.
Tal vez si el alcalde hubiera imaginado lo que provocaría al dar su consentimiento ante tal pregunta, se habría abstenido de hacerlo y pediría al doctor que continuara sin miramientos con la ejecución. Pero no fue así, el daño ya estaba hecho.
—Quiero que la periodista Misa Amane se acerque —se escuchó la voz del condenado; su tono notaba tal diversión que la joven no pudo evitar estremecerse.
—No tiene que hacerlo, señorita —le dijo el guardia que acompañaba al alcalde.
—Está bien —dijo ella, y se alegró de que su voz no le fallara. No podía negársele una última voluntad a nadie. Sus pasos le parecieron eternos, como si el tiempo se hubiera ralentizado para aumentar su tortura—. Aquí estoy, B.
Él le sonrió y levantó un poco su brazo hacia ella; Misa notó como el guardia se tensaba, todo lo contrario a Jim, que permanecía tranquilo. Sin embargo, se detuvo con brusquedad, puesto que las esposas se lo impedían.
—Dame tu mano.
Misa estaba segura que no era la única que lo miró con confusión y alarma cuando esas palabras salieron de su boca, hubiera jurado que vio parpadear al alcalde varias veces.
—Creo que es arriesgado, señorita —comentó el guardia que había llegado con el alcalde.
—Es imposible que pueda hacer algo en las circunstancias en las que se encuentra —objetó Jim, interviniendo por primera vez.
El guardia parecía querer continuar con las protestas, pero el alcalde lo interrumpió: —Que la joven decida.
Misa, durante un segundo, se preguntó si B.B. pensaba hacerle algún daño y buscó la respuesta en sus ojos, sin embargo, su mirada era tan oscura que en ella no se lograba descifrar nada. Entonces, sorprendiéndose a sí misma, asintió.
Lentamente, ignorando el triunfo que se vislumbraba en el rostro del condenado, Misa tomó su mano, sintió que él se aferraba con fuerza y sintió como su dedo pulgar le acariciaba la palma hasta llegar a la muñeca, donde se encontraba su pulso.
—Hoy estás tan fría como yo —dijo, con cierto placer, como si saboreara las palabras y, por fin, la soltó.
Misa, como autómata, regresó a su asiento; sus manos se aferraron a la tela de su pantalón como si aquello pudiera disminuir su tensión. Casi podía sentir la mirada de la pareja que se sentaba cerca de ella; la familia que esperaba la muerta de B para vengar a su hija.
—Por favor, continúen —dijo B con diversión, como si todo aquello fuera un simple juego para él.
El doctor levantó la jeringa, con el líquido mortal y le dio unos ligeros golpes para quitarle todas las burbujas de aire que se hubieran formado.
Misa, por más que lo intentó, no pudo evitarlo: se cubrió el rostro con las manos. Definitivamente no podía ver el momento de la ejecución.
Entonces, se escuchó un sonido que provocó que Misa se descubriera, el alcalde girara en dirección de la puerta, la mujer soltara un extraño gemido entrecortado y que el médico dejara caer la jeringa. Aquel ruido parecía una alarma.
La puerta se abrió y de ella entró otro guardia de seguridad, con el rostro contorsionado por una angustia creciente, se vio un poco más tranquilo cuando vio al alcalde.
—¿Qué ocurre? —preguntó éste.
—Los presos… están saliendo de sus celdas —musitó el guardia.
—¿Cómo que “están saliendo”? —cuestionó el alcalde, alarmado.
—Hasta ahora han salido cinco y han causado ciertos estragos en la prisión —informó el hombre—, creemos que tenían una copia de la llave…
—¿Y cómo pasó esto?
—Aún no lo sabemos, señor.
—Tenemos que salir de aquí cuanto antes —dijo el guardia que estaba junto al alcalde, lo tomó del brazo.
—No creo que eso sea conveniente; de momento, esta es la sala más segura, hasta que volvamos a capturar a los alborotadores —informó el hombre y salió.
La pareja que se encontraba en el lugar se abrazó con fuerza, el médico ahora lucía desesperado, pues la jeringa había caído hasta el suelo y no la encontraba.
Afuera se escuchó un disparo, todos los presentes en la sala y guardaron silencio, para sólo dejar en el aire el canturreo tranquilo que comenzaba a salir de los labios de B.
Arriba de Misa, el foco perdió su vida y no sólo ese, sino que toda la luz de la prisión se extinguió durante varios minutos, que fueron los decisivos para cambiar muchas cosas de los días que se acercaban.
La mujer gritó.
—Tranquilos, tenemos una planta de energía, la electricidad volverá en cualquier momento —aseguró una voz masculina, que Misa reconoció como la de Jim.
Después siguió un silencio que casi se podía palpar y que sólo logró poner más nerviosa a Misa, casi prefería que B se riera o que cantara, pero que llenara aquel terrible espacio con algo más que la nada.
Otro disparo, a lo lejos. Y, lo siguiente que anuló el silencio, Misa no podía describirlo con claridad, pero parecía el choque de dos objetos, luego un grito y, finalmente, un golpe seco.
—¿Qué fue eso? —Cuestionó el alcalde— ¿Todos están bien?
Varias voces respondieron a aquello, inseguras, y el silencio regresó.
Misa escuchó que alguien se acercaba a ella y se sobresaltó, al sentir un par de manos sobre sus hombros. Alguien se inclinó hacia ella.
—¿Quién es? —No supo por qué murmuró, pero lo hizo— Por favor, hable, no veo nada.
—Es porque no estás acostumbrada a la oscuridad, Misa —dijo alguien, muy cerca de su oído. Misa se quedó petrificada, porque reconoció la voz.
—Lamento no poder llevarte conmigo, pero tengo el tiempo contado —continuó B, pegando sus labios al cuello de la joven—, pero juro volveré a verte pronto.
Misa estaba tan impactada por lo que sucedía, que no profirió palabra o se movió, ni aun después de que sintiera que B presionaba los labios contra su cuello.
Cuando la electricidad se restauró descubrieron que B se había escapado y que el guardia estaba en el suelo, con un golpe que le hacía sangrar la cabeza.

Cuando Misa regresó al edificio donde se editaba el periódico, estaba completamente agotada y asustada; aun después de que la prisión volviera a ser controlada, a todos los que se encontraban en la cámara de ejecución los mantuvieron ahí hasta que la policía terminó de hacer sus preguntas de rutina. El resultado había sido que dos guardias habían muerto durante el disturbio y otros tres presos, sin embargo, sólo uno había logrado escapar: B.B.
Algo bastante extraño, fue la reacción de su jefe, pues, una vez que le hubo contado todo ocurrido le permitió marcharse a su casa y no sólo eso, sino que le dijo que no tenía que escribir nada, ya vería él con que llenaba la primera plana.
—Muchas gracias —incapaz de atreverse a desperdiciar el gesto de generosidad de su jefe, Misa tomó su bolso y se fue a su casa.
Lo que la joven no supo, fue que otra persona se presentó ante su jefe: el fotógrafo Sam Jerryck.
—¿Conseguiste algo? —cuestionó el director del periódico, ansioso.
Sam sonrió.
—Yo diría que todo; tuve que sobornar a uno de los vigilantes, pero valió la pena porque me pasó a la sala contigua, desde la que pude ver todo.
—¿Nadie te vio?
—No, había un vidrio de visión unilateral.
—¡Perfecto, perfecto! —exclamó Jeff, frotándose las manos con codicia— Muéstramelas.
El fotógrafo sacó diez fotos, de las cuales, el director seleccionó una.
—Directa a primera plana —anunció—. Excelente trabajo.
Dio unos cuantos pasos y se acercó al escritorio de otro de sus periodistas.
—Henry, ¿crees que con esto —le mostró la foto— y la información que nos dio la señorita Amane puedas redactar una noticia digna de la primera página?
—Déjamelo a mí.
De pronto, Sam se removió, algo incómodo.
—Pero el alcalde estaba ahí, ¿no cree que nos puedan demandar si publicamos las fotografías?
Jeff negó con la cabeza.
—Llamaré al alcalde, no te preocupes, todo estará bien, lo conozco.

De las cinco personas involucradas directamente, Misa fue la primera en ver el periódico. Sin saber que sentir, todavía, entró a la oficina de su jefe.
—¿Qué fue lo que hizo?
Jeff se rió, al ver su expresión angustiada.
—Tranquila, Misa, yo pienso que ese es tu mejor ángulo —dijo él—. Además, es otra forma de estar en primera plana, ¿no?
Misa trató de protestar, pero él le pidió que saliera porque estaba muy ocupado y, ante la insistencia de la joven, la amenazó con quitarle el empleo si no se salía en aquel momento. Desesperada, Misa arrugó el periódico y lo tiró en un bote de basura de la calle, en ese instante, no tenía ganas de quedarse en la oficina. Le preocupaba lo que pensaran de ella después de eso; además de la foto (de la cual muchas personas ya podrían formarse un juicio equivocado), Henry había escrito la noticia de tal forma que, además de relatar la fuga, insinuaba ciertas cosas sobre ella y B, además de mencionar que se podía notar la extraña fijación que el psicópata sentía por Misa.
Lo cual, era completamente falso.
Sin embargo, Misa se preocupaba por algo que terminaría por ser el menor de sus problemas comparado con lo que traería consigo la publicación de esa fotografía.

Antes de llegar a la agencia central, Naomi decidió, por curiosidad, comprarse el periódico de aquel día y saber si Misa había publicado algún otro reportaje o noticia. Ella esperaba encontrarla en la primera plana, por supuesto, pero no de la manera que lo hizo.
No esperaba verla en una fotografía, no en una que toda la población de California podía observar. Y, por si fuera poco, esa había sido la manera en la que se había enterado que B había logrado escapar.
—Estás condenada —le dijo a la joven en la fotografía y se dirigió con mayor prisa a la agencia.

En una habitación oscura, un joven se encontraba frente al monitor de una computadora, parecía bastante interesado en lo que había en la pantalla: un hombre con un bigote lleno de canas y unos lentes rectangulares le transmitía un mensaje que, a juzgar por su rostro contorsionado en una mueca de preocupación, no traía buenas noticias.
—¿Qué ocurre, Watari? —cuestionó el joven, después de llevarse un chocolate a la boca.
—B escapó —dijo él, después le escaneó la página principal del periódico y le mostró la noticia junto con la fotografía—. Además creo que tenemos otro problema: al parecer alguien quiso ahorrarle el trabajo a Sin rostro y presentarle a su siguiente víctima.
Sólo por un segundo, ocurrió algo extraño en la mente racional de L; sus pensamientos se desviaron cuando sus ojos se posaron en la imagen de la joven. Además, encontraba que algo en la fotografía le causaba una cierta molestia, pero no podía explicarse qué era.
—Watari, reserva una habitación para mí en el hotel que consideres más adecuado para mí —dijo L—, iré a California.

En un callejón, un joven cubierto de una playera negra y pantalón de mezclilla veía el periódico (que acababa de robarse) con una atención casi demencial. Si alguien más hubiera estado con él en el callejón se habría percatado que sus ojos negros brillaron con una ira roja cuando se posaron sobre una fotografía. Sin embargo, una curiosa sonrisa regresó a sus labios cuando se fijó más atentamente en la figura de la joven. Uno de sus dedos siguió el perfil de su rostro.
—¿Lo ves, Misa? Al final, no puedes confiar en nadie. Tus compañeros acaban de exponerte ante los ojos de un coleccionista que no perdona los especímenes únicos. Pero no te preocupes —dijo, sacando un brillante cuchillo de sus pantalones—, yo lo voy a solucionar.

Un hombre camina alegremente, con un periódico bajo el brazo, y llega hasta su gran casa azul. Parece entusiasmado. Y su alegría aumenta cuando gira la perilla tres veces, antes de abrir la puerta de su casa. El vestíbulo parece impecable, ni la alfombra, los muebles parecen fuera de lugar, como si cada objeto en la habitación tuviera su lugar correspondiente y jamás fuera movido de ahí. Se quitó su sombrero negro y lo colgó en el tercer gancho, junto a los otros seis. Su alegría se convirtió en enojo cuando sus ojos notaron que uno de ellos estaba ligeramente inclinado en un ángulo que no concordaba con el resto. Se apresuró a acomodarlo y su respiración, así como su pulso, volvieron a la normalidad.
Silbando, recorrió un pasillo hasta llegar al estudio, donde tenía una pequeña puerta que, a primera vista, era el paso hacia un diminuto cuarto, donde se amontonaban objetos en desuso y hasta artículos de limpieza. El hombre parecía querer vomitar al ver tanto desorden, pero cerró los ojos y tomó una respiración profunda.
—Esto es para proteger a Marlene, para protegerla —soltó, mientras retiraba una sábana vieja y descubría otra puerta más pequeña. La abrió y descendió por las oscuras escaleras hasta lo que parecía un sótano.
Adentro, sobre un escritorio negro, estaban acomodadas distintas clases de armas: una katana, una daga, un martillo, varios cuchillos que se usan en la alta cocina y un soplete. A un lado de esto, en la pared, había diez marcos que encerraban trozos de masas carnosas, con una forma que podría asemejarse a la de una máscara; todas ellas estaban perfectamente acomodadas, resultando diez ejemplares enmarcados.
El hombre los observó, primero con cierto placer, después con desaprobación.
—No, ninguna era perfecta.
Detrás de él, se escuchó un gemido, lo que lo hizo girarse: en un colchón sobre el suelo, yacía una joven amordazada, con moratones en todo el cuerpo y una herida en el hombro izquierdo. Sus ojos verdes lo miraban, suplicantes.
El hombre sonrió y extendió el periódico ante ella; le señaló la foto de primera plana.
—¡Mírala, Marlene! ¡Te dije que la encontraría, es la perfecta! ¿Verdad que lo es?
La joven asintió, porque no sabía qué otra cosa hacer, había aprendido de la peor manera que lo mejor era hacer lo que dijera. Pero, aunque lo dijera para que no la siguiera lastimando, tenía que admitir que ella era muy hermosa, había algo en la joven que atraía la atención de cualquiera que la mirara.
—¡Ella es mi verdadera Marlene! No te ofendas, Marlene, pero creo que ya no te necesitaré más.
El hombre le quitó la mordaza, a veces lo hacía para pedirle su opinión; ella debía de aprovechar su oportunidad para hacer una pregunta.
—¿Eso significa que me dejará ir?
—Te daré tu libertad —asintió el hombre, después de pensarlo un rato.
Anne estaba completamente feliz, apenas y experimento una ligera punzada de remordimiento al sentirse tan bien porque aquel monstruo fijara sus ojos en otra. Se permitió observar con mayor atención la fotografía que todavía sostenía el hombre frente a ella. Desde el ángulo que había sido tomada, el cabello de ella lucía un rubio con destellos dorados impresionante, estaba un poco inclinada hacia abajo, y algunos mechones caían sobre la mitad de su rostro, dejando al descubierto uno de sus ojos, Anne jamás había visto un verde tan intenso, uno que, por un instante, la hizo pensar en las esmeraldas. Su pálida mano sostenía, a juzgar por el titular, la de un condenado a muerte.
Aunque estaba agradecida porque la foto fuese publicada, esperaba que aquel monstruo jamás pudiera encontrarla.
Entonces recordó su libertad y casi se pone a llorar de alegría, pero se abstuvo de mostrar sus emociones en ese momento.
—Bueno, supongo que debo comenzar con los preparativos para mi siguiente invitada —dijo el hombre—. Por lo que tengo que despedirme de ti.
Ella extendió sus manos para que él pudiera desatar las sogas que la apretaban con fuerza.
Sin embargo, el hombre la ignoró y dejó el periódico con un cuidado casi amoroso, sobre una mesita que tenía cerca del colchón. Silbando se dirigió al escritorio y tomó un cuchillo de cocina.
Instintivamente, Anne retrocedió.
—Sin nada afilado, por favor, sólo desátame —suplicó ella.
—¿Quién dijo que iba a desatarte?
—¡Dijiste que me dejarías ir! —chilló Anne, experimentando un mal presentimiento.
El hombre sonrió y negó con la cabeza, como si estuviera tratando con un niño que se niega a aprender.
—Por supuesto que no, mi falsa Marlene —soltó—. Yo dije que te daría la libertad, lo que, como todo el mundo sabe, sólo se consigue al morir. Así que te haré un favor y te volveré libre.
—¡No! ¡No!
Pero era inútil que Anne se desmoronara suplicando o gritando, pues ese hombre jamás sentía compasión y, en el lugar en el que se encontraban, nadie podría escucharla.